Cuentos

 BLANCA NIEVES 



Érase una vez una joven y bella princesa llamada Blancanieves que vivía en un reino muy lejano con su padre y madrastra.

Su madrastra, la reina, era también muy hermosa, pero arrogante y orgullosa. Se pasaba todo el día contemplándose frente al espejo. El espejo era mágico y cuando se paraba frente a él, le preguntaba:

—Espejito, espejito, ¿Quién es la más hermosa del reino?

Entonces el espejo respondía:

— Tú eres la más hermosa de todas las mujeres.

La reina quedaba satisfecha, pues sabía que su espejo siempre decía la verdad. Sin embargo, con el pasar de los años, la belleza y bondad de Blancanieves se hacían más evidentes. Por todas sus buenas cualidades, superaba mucho la belleza física de la reina. Y llegó al fin un día en que la reina preguntó de nuevo:

—Espejito, espejito, ¿Quién es la más hermosa del reino?

El espejo contestó:

—Blancanieves, a quien su bondad la hace ser aún más bella que tú.

La reina se llenó de ira y ordenó la presencia del cazador y le dijo:

—Llévate a la joven princesa al bosque y asegúrate de que las bestias salvajes se encarguen de ella.

Con engaños, el cazador llevó a Blancanieves al bosque, pero cuando estaba a punto de cumplir las órdenes de la reina, se apiadó de la bella joven y dijo:

—Corre, vete lejos, pobre muchacha. Busca un lugar seguro donde vivir.

Encontrándose sola en el gran bosque, Blancanieves corrió tan lejos como pudo hasta la llegada del anochecer. Entonces divisó una pequeña cabaña y entró en ella para dormir. Todo lo que había en la cabaña era pequeño. Había una mesa con un mantel blanco y siete platos pequeños, y con cada plato una cucharita. También, había siete pequeños cuchillos y tenedores, y siete jarritas llenas de agua. Contra la pared se hallaban siete pequeñas camas, una junto a la otra, cubiertas con colchas tan blancas como la nieve.

Blancanieves estaba tan hambrienta y sedienta que comió un poquito de vegetales y pan de cada platito y bebió una gota de cada jarrita. Luego, quiso acostarse en una de las camas, pero ninguna era de su medida, hasta que finalmente pudo acomodarse en la séptima.

Cuando ya había oscurecido, regresaron los dueños de la cabaña. Eran siete enanos que cavaban y extraían oro y piedras preciosas en las montañas. Ellos encendieron sus siete linternas, y observaron que alguien había estado en la cabaña, pues las cosas no se encontraban en el mismo lugar.

El primero dijo: —¿Quién se ha sentado en mi silla?

El segundo dijo: —¿Quién comió de mi plato?

El tercero dijo: —¿Quién mordió parte de mi pan?

El cuarto dijo: —¿Quién tomó parte de mis vegetales?

El quinto dijo: —¿Quién usó mi tenedor?

El sexto dijo: —¿Quién usó mi cuchillo?

El séptimo dijo: —¿Quién bebió de mi jarra?

Entonces el primero observó una arruga en su cama y dijo: —Alguien se ha metido en mi cama.

Y los demás fueron a revisar sus camas, diciendo: —Alguien ha estado en nuestras camas también.

Pero cuando el séptimo miró su cama, encontró a Blancanieves durmiendo plácidamente y llamó a los demás:

—¡Oh, cielos! —susurraron—. Qué encantadora muchacha

Cuando llegó el amanecer, Blancanieves se despertó muy asustada al ver a los siete enanos parados frente a ella. Pero los enanos eran muy amistosos y le preguntaron su nombre.

—Mi nombre es Blancanieves —respondió—, y les contó todo acerca de su malvada madrastra.

Los enanos dijeron:

—Si puedes limpiar nuestra casa, cocinar, tender las camas, lavar, coser y tejer, puedes quedarte todo el tiempo que quieras—. Blancanieves aceptó feliz y se quedó con ellos.

Pasó el tiempo y un día, la reina decidió consultar a su espejo y descubrió que la princesa vivía en el bosque. Furiosa, envenenó una manzana y tomó la apariencia de una anciana.

— Un bocado de esta manzana hará que Blancanieves duerma para siempre — dijo la malvada reina.

Al día siguiente, los enanos se marcharon a trabajar y Blancanieves se quedó sola.

Poco después, la reina disfrazada de anciana se acercó a la ventana de la cocina. La princesa le ofreció un vaso de agua.

—Eres muy bondadosa —dijo la anciana—. Toma esta manzana como gesto de agradecimiento.

En el momento en que Blancanieves mordió la manzana, cayó desplomada. Los enanos, alertados por los animales del bosque, llegaron a la cabaña mientras la reina huía. Con gran tristeza, colocaron a Blancanieves en una urna de cristal. Todos tenían la esperanza de que la hermosa joven despertase un día.

Y el día llegó cuando un apuesto príncipe que cruzaba el bosque en su caballo, vio a la hermosa joven en la urna de cristal y maravillado por su belleza, le dio un beso en la mejilla, la joven despertó al haberse roto el hechizo. Blancanieves y el príncipe se casaron y vivieron felices para siempre


RICITOS DE ORO 



Érase una vez una familia de osos que vivían en una linda casita en el bosque. Papá Oso era muy grande, Mamá Osa era de tamaño mediano y Osito era pequeño.

Una mañana, Mamá Osa sirvió la más deliciosa avena para el desayuno, pero como estaba demasiado caliente para comer, los tres osos decidieron ir de paseo por el bosque mientras se enfriaba. Al cabo de unos minutos, una niña llamada Ricitos de Oro llegó a la casa de los osos y tocó la puerta. Al no encontrar respuesta, abrió la puerta y entró en la casa sin permiso.

En la cocina había una mesa con tres tazas de avena: una grande, una mediana y una pequeña. Ricitos de Oro tenía un gran apetito y la avena se veía deliciosa. Primero, probó la avena de la taza grande, pero la avena estaba muy fría y no le gustó. Luego, probó la avena de la taza mediana, pero la avena estaba muy caliente y tampoco le gustó. Por último, probó la avena de la taza pequeña y esta vez la avena no estaba ni fría ni caliente, ¡estaba perfecta! La avena estaba tan deliciosa que se la comió toda sin dejar ni un poquito.

Después de comer el desayuno de los osos, Ricitos de Oro fue a la sala. En la sala había tres sillas: una grande, una mediana y una pequeña. Primero, se sentó en la silla grande, pero la silla era muy alta y no le gustó. Luego, se sentó en la silla mediana, pero la silla era muy ancha y tampoco le gustó. Fue entonces que encontró la silla pequeña y se sentó en ella, pero la silla era frágil y se rompió bajo su peso.

Buscando un lugar para descansar, Ricitos de Oro subió las escaleras, al final del pasillo había un cuarto con tres camas: una grande, una mediana y una pequeña. Primero, se subió a la cama grande, pero estaba demasiado dura y no le gustó. Después, se subió a la cama mediana, pero estaba demasiado blanda y tampoco le gustó. Entonces, se acostó en la cama pequeña, la cama no estaba ni demasiado dura ni demasiado blanda. De hecho, ¡se sentía perfecta! Ricitos de Oro se quedó profundamente dormida.

Al poco tiempo, los tres osos regresaron del paseo por el bosque. Papá Oso notó inmediatamente que la puerta se encontraba abierta:

—Alguien ha entrado a nuestra casa sin permiso, se sentó en mi silla y probó mi avena —dijo Papá Oso con una gran voz de enfado.

—Alguien se ha sentado en mi silla y probó mi avena —dijo Mamá Osa con una voz medio enojada.

Entonces, dijo Osito con su pequeña voz:

—Alguien se comió toda mi avena y rompió mi silla.

Los tres osos subieron la escalera. Al entrar en la habitación, Papá Oso dijo:

—¡Alguien se ha acostado en mi cama!

Y Mamá Osa exclamó:

—¡Alguien se ha acostado en mi cama también!

Y Osito dijo:

—¡Alguien está durmiendo en mi cama! —y se puso a llorar desconsoladamente.

El llanto de Osito despertó a Ricitos de Oro, que muy asustada saltó de la cama y corrió escaleras abajo hasta llegar al bosque para jamás regresar a la casa de los osos.


LOS TRES CERDITOS 

En un pueblito no muy lejano, vivía una mamá cerdita junto con sus tres cerditos. Todos eran muy felices hasta que un día la mamá cerdita les dijo:

—Hijitos, ustedes ya han crecido, es tiempo de que sean cerditos adultos y vivan por sí mismos.

Antes de dejarlos ir, les dijo:

—En el mundo nada llega fácil, por lo tanto, deben aprender a trabajar para lograr sus sueños.

Mamá cerdita se despidió con un besito en la mejilla y los tres cerditos se fueron a vivir en el mundo.

El cerdito menor, que era muy, pero muy perezoso, no prestó atención a las palabras de mamá cerdita y decidió construir una casita de paja para terminar temprano y acostarse a descansar.

El cerdito del medio, que era medio perezoso, medio prestó atención a las palabras de mamá cerdita y construyó una casita de palos. La casita le quedó chueca porque como era medio perezoso no quiso leer las instrucciones para construirla.

La cerdita mayor, que era la más aplicada de todos, prestó mucha atención a las palabras de mamá cerdita y quiso construir una casita de ladrillos. La construcción de su casita le tomaría mucho más tiempo. Pero esto no le importó; su nuevo hogar la albergaría del frío y también del temible lobo feroz...

Y hablando del temible lobo feroz, este se encontraba merodeando por el bosque cuando vio al cerdito menor durmiendo tranquilamente a través de su ventana. Al lobo le entró un enorme apetito y pensó que el cerdito sería un muy delicioso bocadillo, así que tocó a la puerta y dijo:

—Cerdito, cerdito, déjame entrar.

El cerdito menor se despertó asustado y respondió:

—¡No, no y no!, nunca te dejaré entrar.

El lobo feroz se enfureció y dijo:

Soplaré y resoplaré y tu casa derribaré.

El lobo sopló y resopló con todas sus fuerzas y la casita de paja se vino al piso. Afortunadamente, el cerdito menor había escapado hacia la casa del cerdito del medio mientras el lobo seguía soplando.

El lobo feroz sintiéndose engañado, se dirigió a la casa del cerdito del medio y al tocar la puerta dijo:

—Cerdito, cerdito, déjame entrar.

El cerdito del medio respondió:

— ¡No, no y no!, nunca te dejaré entrar.

El lobo hambriento se enfureció y dijo:

—Soplaré y resoplaré y tu casa derribaré.

El lobo sopló y resopló con todas sus fuerzas y la casita de palo se vino abajo. Por suerte, los dos cerditos habían corrido hacia la casa de la cerdita mayor mientras que el lobo feroz seguía soplando y resoplando. Los dos hermanos, casi sin respiración le contaron toda la historia.

—Hermanitos, hace mucho frío y ustedes la han pasado muy mal, así que disfrutemos la noche al calor de la fogata —dijo la cerdita mayor y encendió la chimenea. Justo en ese momento, los tres cerditos escucharon que tocaban la puerta.

—Cerdita, cerdita, déjame entrar —dijo el lobo feroz.

La cerdita respondió:

— ¡No, no y no!, nunca te dejaré entrar.

El lobo hambriento se enfureció y dijo:

—Soplaré y soplaré y tu casa derribaré.

El lobo sopló y resopló con todas sus fuerzas, pero la casita de ladrillos resistía sus soplidos y resoplidos. Más enfurecido y hambriento que nunca decidió trepar el techo para meterse por la chimenea. Al bajar la chimenea, el lobo se quemó la cola con la fogata.

—¡AY! —gritó el lobo.

Y salió corriendo por el bosque para nunca más ser visto.

Un día cualquiera, mamá cerdita fue a visitar a sus queridos cerditos y descubrió que todos tres habían construido casitas de ladrillos. Los tres cerditos habían aprendido la lección:

“En el mundo nada llega fácil, por lo tanto, debemos trabajar para lograr nuestros sueños”.

EL GATO CON BOTAS 


Érase una vez un molinero muy pobre que dejó a sus tres hijos por herencia un molino, un asno y un gato. En el reparto, el molino fue para el hijo mayor, el asno para el segundo y el gato para el más joven. Éste último se lamentó de su suerte en cuanto supo cuál era su parte.

—¿Qué será de mí? Mis hermanos trabajarán juntos y harán fortuna, pero yo sólo tengo un gato.

El gato escuchó las palabras de su joven amo y decidido a ayudarlo, dijo:

—No se preocupe mi señor, yo puedo ser más útil y valioso de lo que piensa. Le pido que por favor me regale un saco y un par de botas para andar entre los matorrales.

Aunque el joven amo no creyó en las palabras del gato, le dio lo que pedía pues sabía que él era un animal muy astuto.

Poniendo su plan en marcha, el gato reunió algunas zanahorias y se fue al bosque a cazar conejos. Con el saco lleno de conejos y sus botas nuevas, se dirigió hacia el palacio real y consiguió ser recibido por el rey.

—Su majestad, soy el gato con botas, leal servidor del marqués de Carabás —este fue el primer nombre que se le ocurrió al gato—. El marqués quiere ofrecerle estos regalos.

Los conejos agradaron mucho al rey.

Al día siguiente, el gato con botas volvió al bosque y atrapó un jabalí. Una vez más, lo presentó al rey, como un regalo del marqués de Carabás.

Durante varias semanas, el gato con botas atrapó más animales para presentarlos como regalos al rey. El rey estaba muy complacido con el marqués de Carabás.

Un día, el gato se enteró que el rey iba de visita al río en compañía de su hija, la princesa, y le dijo a su amo:

—Haga lo que le pido mi señor, vaya al río y báñese en el lugar indicado. Yo me encargaré del resto.

El joven amo le hizo caso al gato. Cuando la carroza del rey pasó junto al río, el gato se puso a gritar con todas sus fuerzas:

—¡Socorro, socorro! ¡El señor marqués de Carabás se está ahogando!

Recordando todos los regalos que el marqués le había dado, el rey ordenó a su guarda a ayudar al joven. Como el supuesto marqués de Carabás se encontraba empapado y su ropa se había perdido en la corriente del río, el rey también ordenó que lo vistieran con el traje más elegante y lo invitó a pasar al carruaje. En el interior del carruaje se encontraba la princesa quien se enamoró inmediatamente del apuesto y elegante marqués de Carabás.

El gato, encantado de ver que su plan empezaba a dar resultado, se fue delante de ellos. Al encontrar unos campesinos que cortaban el prado en un enorme terreno, dijo:

—Señores campesinos, si el rey llegara a preguntarles a quién pertenecen estas tierras, deben contestarle que pertenecen al marqués de Carabás. Háganlo y recibirán una gran recompensa.

Cuando el rey se detuvo a preguntar, los campesinos contestaron al unísono:

—Su majestad, estas tierras son de mi señor, el marqués de Carabás.

El gato, caminando adelante de la carroza, iba diciendo lo mismo a todos los campesinos que se encontraba. El rey preguntaba lo mismo y con cada respuesta de los campesinos, se asombraba más de la riqueza del señor marqués de Carabás.

Finalmente, el ingenioso gato llegó hasta el más majestuoso castillo que tenía por dueño y señor a un horripilante y malvado ogro. De hecho, todas las tierras por las que había pasado el rey pertenecían a este castillo.

El gato sabía muy bien quién era el ogro y pidió hablar con él. Para no ser rechazado, le dijo al ogro que le resultaba imposible pasar por su castillo y no tener el honor de darle sus respetos. El ogro sintiéndose adulado le permitió pasar.

—Señor, he escuchado que usted tiene el envidiable don de convertirse en cualquier animal que desee —dijo el gato.

— Es cierto —respondió el ogro—, y para demostrarlo me convertiré en león.

El gato se asustó de tener a un león tan cerca. Sin embargo, estaba decidido a seguir con su elaborado plan.

Cuando el ogro volvió a su horripilante forma, el gato dijo:

—¡Sus habilidades son extraordinarias! Pero me parecería más extraordinario que usted pudiera convertirse en algo tan pequeño como un ratón.

—Claro que sí puedo—respondió el ogro un tanto molesto.

Cuando el ogro se convirtió en ratón, el gato lo atrapó de un solo zarpazo y se lo comió.

Al escuchar que se acercaba el carruaje, el gato corrió hacia las puertas del castillo para darle la bienvenida al rey:

—Bienvenido al castillo del señor marqués de Carabás.

—¿Cómo, señor marqués de Carabás? —exclamó el rey—. ¿También este castillo le pertenece?

El rey deslumbrado por la enorme fortuna del marqués de Carabás, dio su consentimiento para que se casara con la princesa.

Aquel joven que antes fue pobre se había convertido en un príncipe gracias a la astucia de un gato. El joven nunca olvidó los favores del gato con botas y lo recompensó con una capa, un sombrero y un par de botas nuevas.


PINOCHO 


Érase una vez un anciano carpintero llamado Gepeto que era muy feliz haciendo juguetes de madera para los niños de su pueblo.

Un día, hizo una marioneta de una madera de pino muy especial y decidió llamarla Pinocho. En la noche, un hada azul llegó al taller del anciano carpintero:

—Buen Gepeto —dijo mientras el anciano dormía—, has hecho a los demás tan felices, que mereces que tu deseo de ser padre se haga realidad. Sonriendo, el hada azul tocó la marioneta con su varita mágica:

—¡Despierta, pequeña marioneta hecha de pino… despierta! ¡El regalo de la vida es tuyo!

Y en un abrir y cerrar de ojos, el hada azul dio vida a Pinocho.

—Pinocho, si eres valiente, sincero y desinteresado, algún día serás un niño de verdad —dijo el hada azul—. Luego se volvió hacia un grillo llamado Pepe Grillo, que vivía en la alacena de Gepeto.

—Pepe Grillo — dijo el hada azul—, debes ayudar a Pinocho. Serás su conciencia y guardián del conocimiento del bien y del mal.

Al día siguiente, Gepeto envió con orgullo a su pequeño niño de madera a la escuela, pero como era tan pobre, tuvo que vender su abrigo para comprar los libros escolares:

—Pinocho, Pepe Grillo te mostrará el camino —dijo Gepeto—. Por favor, no te distraigas y llega a la escuela a tiempo.

Pinocho salió de casa, pero nunca llegó a la escuela. En cambio, decidió ignorar los consejos de Pepe Grillo y vender los libros para comprar un tiquete para el teatro de marionetas. Cuando Pinocho comenzó a bailar con las marionetas, el titiritero sorprendido con las habilidades del niño de madera, le preguntó si quería unirse a su espectáculo de marionetas. Pinocho aceptó alegremente.

Sin embargo, las intenciones del malvado titiritero eran muy diferentes; su plan era hacerse rico con la única marioneta con vida en el mundo. De inmediato, encerró a Pinocho y a Pepe Grillo en una jaula. Fue entonces que Pinocho reconoció su error y comenzó a llorar. El hada azul apareció de la nada.

Aunque el hada azul conocía las razones por las cuales Pinocho se encontraba atrapado, aun así, le preguntó:

—Pinocho, ¿por qué estás en esta jaula?

Pero Pinocho no quiso contarle la verdad, entonces algo extraño sucedió. Su nariz comenzó a crecer más y más. Cuanto más hablaba, más crecía.

—Cada vez que digas una mentira, tu nariz crecerá — dijo el hada azul.

—Por favor, haz que se detenga—dijo Pinocho—, prometo no mentir de nuevo.

Al día siguiente, camino a la escuela, Pinocho conoció a un niño:

—Ven conmigo al País de los Juguetes. ¡En este lugar todos los días son vacaciones! —dijo el niño con emoción—. Hay juguetes y golosinas y lo mejor de todo, ¡no tienes que ir a la escuela!

Olvidando nuevamente los consejos del hada azul y Pepe Grillo, Pinocho salió corriendo con el niño al País de los Juguetes. Al llegar, se divirtió muchísimo jugando y comiendo golosinas.

De pronto, las orejas de Pinocho y los otros niños del País de los Juguetes comenzaron a hacerse muy largas. Por no querer ir a la escuela, ¡se estaban convirtiendo en burros!

Convertidos en burros, Pinocho y los niños llegaron a un circo. El maestro de ceremonias hizo que Pinocho trabajara para el circo sin descanso. Allí, Pinocho se lastimó la pierna mientras hacía trucos. Enojado, el maestro de ceremonias lo tiró al mar junto con Pepe Grillo.

En el agua, el hechizo se rompió y Pinocho volvió a su forma de marioneta, pero una ballena que nadaba cerca abrió su enorme boca y se lo tragó entero. En la oscuridad del estómago de la ballena, Pinocho lloró mientras que Pepe Grillo intentaba consolarlo. Fue en ese momento que vio a Gepeto en su bote:

—Hijo mío, te estaba buscando por tierra y mar cuando la ballena me tragó. ¡Estoy tan contento de haberte encontrado! —dijo Gepeto.

Los dos se abrazaron encantados.

—De ahora en adelante seré bueno y responsable—, prometió Pinocho entre lágrimas.

Aprovechando que la ballena dormía, Gepeto, Pinocho y Pepe Grillo prendieron una fogata dentro de ella y saltaron de su enorme boca cuando el fuego la hizo estornudar. Luego, navegaron hasta llegar a casa. Pero Gepeto cayó enfermo, Pinocho lo alimentó y cuidó con mucho esmero y dedicación.

—Papá, iré a la escuela y trabajaré mucho para llenarte de orgullo— dijo Pinocho.

Cumpliendo su promesa, Pinocho estudió mucho en la escuela. Entonces un día sucedió algo maravilloso. El hada azul apareció y le dijo:

—Pinocho, eres valiente, sincero y tienes un corazón bondadoso y desinteresado, mereces convertirte en un niño de verdad.

Y fue así como el niño de madera se convirtió en un niño de verdad. Gepeto y Pinocho vivieron felices para siempre.


CENICIENTA 

Érase una vez una hermosa joven que vivía con su madrastra y dos hermanastras que la obligaban a hacer todo el trabajo de la casa. La pobre joven tenía que cocinar, limpiar y también lavarles la ropa.

Cansada de trabajar, la joven se quedó dormida cerca a la chimenea y cuando se levantó con la cara sucia por las cenizas, sus hermanastras se rieron sin parar y desde entonces comenzaron a llamarla Cenicienta.

Un día llegó a la casa una invitación del rey a un baile para celebrar el cumpleaños del príncipe. Todas las jóvenes del reino fueron invitadas y Cenicienta estaba muy feliz. Sin embargo, cuando llegó el día de la fiesta, su madrastra y hermanastras le dijeron:

—Cenicienta, tú no irás, te quedarás en casa limpiando y preparando la cena para cuando regresemos.

Las tres mujeres salieron hacia el palacio, burlándose de Cenicienta.

Cenicienta corrió al jardín y se sentó en un banco a llorar. Ella deseaba con todo su corazón poder ir al baile. De repente, apareció su hada madrina y le dijo:

—No llores Cenicienta, tú has sido muy buena y mereces ir al baile.

Agitando su varita mágica, el hada madrina transformó una calabaza en un coche, tres ratones de campo en hermosos caballos, y a un perro viejo en un cochero. ¡Cenicienta no podía creer lo que veía!

— ¡Muchas gracias! —exclamó Cenicienta.

—Espera, no he terminado todavía —respondió el hada madrina con una sonrisa.

Con el último movimiento de su varita mágica, transformó a Cenicienta. Le dio un vestido y un par de zapatillas de cristal, y le dijo:

—Ahora podrás ir al baile, sólo recuerda que debes regresar antes de la medianoche ya que a esa hora se terminará la magia.

Cenicienta agradeció nuevamente al hada madrina y muy feliz se dirigió al palacio. Cuando entró, los asistentes, incluyendo sus hermanastras, no podían parar de preguntarse quién podría ser esa hermosa princesa.

El príncipe, tan intrigado como los demás, la invitó a bailar. Después de bailar toda la noche, descubrió que Cenicienta no sólo era la joven más hermosa del reino, sino también la más amable y sincera que él jamás había conocido.

De repente, las campanadas del reloj se hicieron escuchar, era la medianoche. Cenicienta se estaba divirtiendo tanto que casi olvida las palabras del hada madrina.

—¡Oh, no!, debo irme— le dijo al príncipe mientras corría fuera del salón de baile. Ella salió tan de prisa que perdió una de sus zapatillas de cristal en la escalinata.

Decidido a encontrar a la hermosa joven, el príncipe tomó la zapatilla y visitó todas las casas del reino.

Cuando el príncipe llegó a casa de Cenicienta, sus dos hermanas y hasta la madrastra intentaron sin suerte probarse el zapato de cristal. Él se encontraba a punto de marcharse cuando escuchó una voz:

—¿Puedo probarme la zapatilla? —dijo Cenicienta.

La joven se probó la zapatilla y le quedó perfecta. El príncipe sabía que esta era la hermosa joven que estaba buscando. Fue así como Cenicienta y el príncipe se casaron y vivieron felices para siempre.

PATITO FEO 


En la granja había un gran alboroto: los polluelos de Mamá Pata estaban rompiendo el cascarón.

Uno a uno, comenzaron a salir. Mamá Pata estaba tan emocionada con sus adorables patitos que no notó que uno de sus huevos, el más grande de todos, permanecía intacto.

A las pocas horas, el último huevo comenzó a romperse. Mamá Pata, todos los polluelos y los animales de la granja, se encontraban a la expectativa de conocer al pequeño que tardaba en nacer. De repente, del cascarón salió un patito muy alegre. Cuando todos lo vieron se quedaron sorprendidos, este patito no era pequeño ni amarillo y tampoco estaba cubierto de suaves plumas. Este patito era grande, gris y en vez del esperado graznido, cada vez que hablaba sonaba como una corneta vieja.

Aunque nadie dijo nada, todos pensaron lo mismo: “Este patito es demasiado feo”.

Pasaron los días y todos los animales de la granja se burlaban de él. El patito feo se sintió muy triste y una noche escapó de la granja para buscar un nuevo hogar.

El patito feo recorrió la profundidad del bosque y cuando estaba a punto de darse por vencido, encontró el hogar de una humilde anciana que vivía con una gata y una gallina. El patito se quedó con ellos durante un tiempo, pero como no estaba contento, pronto se fue.

Al llegar el invierno, el pobre patito feo casi se congela. Afortunadamente, un campesino lo llevó a su casa a vivir con su esposa e hijos. Pero el patito estaba aterrado de los niños, quienes gritaban y brincaban todo el tiempo y nuevamente escapó, pasando el invierno en un estanque pantanoso.

Finalmente, llegó la primavera. El patito feo vio a una familia de cisnes nadando en el estanque y quiso acercárseles. Pero recordó cómo todos se burlaban de él y agachó la cabeza avergonzado. Cuando miró su reflejo en el agua se quedó asombrado. Él no era un patito feo, sino un apuesto y joven cisne. Ahora sabía por qué se veía tan diferente a sus hermanos y hermanas. ¡Ellos eran patitos, pero él era un cisne! Feliz, nadó hacia su familia.


RAPUNZEL 

Había una vez una pareja que por mucho tiempo deseaba tener un bebé, hasta que por fin ese deseo se hizo realidad. A través de la ventana trasera de la pequeña casa donde vivían, podían ver un espléndido jardín que estaba lleno de las más bellas plantas y las más suculentas frutas y vegetales. El jardín estaba rodeado por un alto muro, y nadie se atrevía a entrar a él, porque pertenecía a una bruja muy malvada.

Un día, la mujer se asomó a la ventana y vio en el jardín un huerto de espinacas frescas y verdes. Tanto era su anhelo de probarlas que se enfermó gravemente.

El hombre, muy preocupado por la salud de su esposa, decidió tomar el riesgo de entrar al jardín de la bruja. De manera que, en la noche trepó el alto muro que separaba el jardín, rápidamente desenterró un puñado de espinacas y se lo llevó a su mujer. Ella inmediatamente preparó una ensalada, la cual se deleitó en comer.

Las espinacas eran tan deliciosas, que al día siguiente su deseo se hizo aún más grande. Nuevamente, el hombre quiso complacerla y se dispuso a trepar el muro. Pero tan pronto había desenterrado el puñado de espinacas, para su horror, vio a la bruja parada frente a él:

—¿Cómo puedes atreverte a entrar a mi jardín y como un ladrón llevarte mis espinacas? Te juro que pagarás por esto —dijo la bruja con un tono muy amenazante.

—Le ofrezco mis disculpas —respondió el hombre con voz temblorosa—, hice esto por necesidad. Mi esposa está embarazada y al ver sus espinacas sintió un anhelo que se apoderó de ella, desde ese entonces ha estado muy enferma.

La ira de la bruja disminuyó un poco, y dijo:

—Si las cosas son como dices, te permitiré tomar todas las espinacas que quieras, estas salvarán la vida de tu esposa, pero bajo una condición: me tienes que dar el hijo que tu esposa va a tener. Yo seré su madre, conmigo será feliz y nunca le faltará nada.

El pobre hombre estaba tan aterrorizado que no tuvo más remedio que aceptar. Tan pronto la esposa dio a luz, la bruja se llevó a la niña y la llamó Rapunzel.

Rapunzel se convirtió en la niña más hermosa bajo el sol. Cuando tenía doce años, la bruja la encerró en una torre en medio de un espeso bosque. La torre no tenía escaleras ni puertas, solo una pequeña ventana en lo alto. Cada vez que la bruja quería subir a la torre, se paraba bajo la ventana y gritaba:

—¡Rapunzel, Rapunzel, deja tu trenza caer!

La niña dejaba caer por la ventana su larga trenza dorada y la bruja subía la torre.

Muchos años después, el hijo del rey estaba cabalgando por el bosque. Al acercarse a la torre, escuchó una canción tan hermosa que lo hizo detenerse. Era Rapunzel, que estaba pasando el tiempo cantando con su dulce y hermosa voz. El príncipe quiso alcanzarla, y buscó una puerta en la torre, pero no encontró alguna.

Entonces, cabalgó al palacio. Sin embargo, la canción le había llegado tan profundo al corazón, que siguió regresando al bosque todos los días para escucharla.

Un día, mientras estaba escondido detrás de un árbol, vio a la bruja acercarse y la escuchó decir:

—¡Rapunzel, Rapunzel, deja tu trenza caer!

Sabiendo cómo subir la torre, el príncipe regresó en la noche y gritó:

—¡Rapunzel, Rapunzel, deja tu trenza caer!

Rapunzel dejó caer su trenza pensando que era la malvada bruja y el príncipe subió.

Al principio Rapunzel se asustó, pero el príncipe le explicó que la había escuchado cantar y que su hermosa voz le había robado el corazón.

Rapunzel perdió el miedo y cuando él le preguntó si lo tomaría como esposo, ella aceptó feliz.

Los dos pensaron que la mejor manera para que Rapunzel escapara de la torre, sería que el príncipe le trajera un hilo de seda todos los días y que ella lo tejiera en una escalera para luego descenderla.

Pero un día, mientras Rapunzel estaba tejiendo la escalera, la bruja vino a visitarla y gritó:

—¡Rapunzel, Rapunzel, deja tu trenza caer!

Cuando la bruja malvada entró en la habitación de Rapunzel, vio la escalera y se enojó muchísimo:

—¡Me has traicionado! —dijo furiosa.

Sin decir más, la malvada bruja tomó un par de tijeras y cortó el hermoso cabello de Rapunzel. Al día siguiente, cuando el Príncipe llegó con más hilo de seda, la bruja lo engañó arrojándole la trenza por la ventana para que él subiera. Al entrar a la torre, no vio a su querida Rapunzel sino a la bruja.

—Nunca volverás a ver a tu Rapunzel— dijo la bruja en medio de carcajadas.

El príncipe estaba tan desesperado por encontrar a Rapunzel que, sin pensarlo, saltó de la torre y cayó sobre unas espinas que lo dejaron ciego.

Durante muchos años, vagó por el bosque hasta que tropezó con un hermoso lago. Allí escuchó un canto que reconoció al instante… ¡era la voz de su queria Rapunzel! Cuando Rapunzel vio al príncipe, se abalanzó sobre él llorando. Sus lágrimas se posaron sobre los ojos del príncipe y pudo él volver a ver. Rapunzel y el príncipe se casaron y fueron felices para siempre.






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